Cotidiano & memória. Entre rápidos “me gusta” y profundos silencios: ¿qué significa, después de todo, pertenecer?

Buenos días, muchacho, muchacha, o gente querida.
Déjame decirte: estos días sin escribir, solo pensando, han sido como internet sin señal – parece que uno existe, pero falta algo que pulse. ¡Hum!
Por suerte volví al teclado.

Quería hablarles de redes sociales, soledad y pertenencia. Tema bastante de moda.
De eso se puede escribir una crónica, una tesis y todavía quedaría tristeza para dos sambas más.

Hace poco Raimundinho me dijo que las redes sociales se parecen a una plaza llena donde todos se sienten solos.
Creo que exageró. Un poquito, por lo menos.

¿La red social será realmente una red?
Me acuerdo del Orkut. Fue una novedad que usé para conectar con parientes y amigos que no veía hacía tiempo. Me parecía que otras personas también estaban en esa onda.
Quien haya vivido la época de Orkut, que lo diga. O al menos que lo piense.

Cuando llegaron las redes actuales, parecía que todo empezó a torcerse hacia el espectáculo individual, hacia la performance. Todo el mundo performa, o al menos lo intenta.

En mis tiempos, se decía que “quien golpea primero, gana”. Ahora es: quien grita primero y más fuerte, gana. ¿Celebramos el primer K?

Poco a poco, lo que parecía una fiesta patronal online, se volvió un salón de baile donde cada cual baila su vals solo, mirando al espejo. La promesa era de conexión, pero lo entregado ha sido más ansiedad. Y más depresión, si tú, mi querido cara pálida, no logras alcanzar tu cuota de K. O, incluso, si te pierdes en la comparación. Los otros son más felices, más jóvenes. Logran mantener la forma física. Se visten mejor. Viajan más…

¿Eso significa que tú no existes?
La medida del Ser siempre fue la mirada del Otro. Ahí se funda la identidad del individuo.

Pero, siempre hay un “pero”. Esa mirada que parte del Otro hacia mí, siempre estuvo en lo real.
Buscar esa validación en lo virtual es camino de frustración. Porque esa mirada carece de significado. No existe un otro sujeto que la sostenga.

Hoy en día, puedes tener mil “amigos” y aun así no tener a quién llamar cuando el pecho aprieta.
Los “me gusta” se volvieron afecto de comida rápida: veloces, superficiales y que no quitan el hambre real.

El algoritmo sabe lo que deseamos antes de que lo sepamos nosotros mismos. Y nos lo da a montones. Pero no sabe cómo nos sentimos.
Y entonces, aun rodeado de gente, uno se ve en un desierto digital.

Esa es la gran ilusión de las redes: hacernos sentir que estamos incluidos.
Pero la pertenencia verdadera es otra cosa.
Es cuando puedes quitarte la máscara, mostrar el desorden del cuarto del alma y aun así ser acogido.
Y eso, hermano, no te lo ofrece cualquier feed.

La sensación de no estar “a la altura” de los demás – más felices, más bonitos, más productivos – crea una exclusión invisible.

Uno se siente afuera, aun estando adentro. Estás allí, viendo al mundo entero hablar al mismo tiempo, pero nadie escucha de verdad, principalmente porque todos-hablan-al-mismo-tiempo.

Si pertenencia es formar parte, significa conexión entre pares.
Y si estamos en el escenario, ¿quién es la platea? ¿Nosotros mismos?

Te sientes solo, pero no logras desconectarte, porque tienes miedo de desaparecer – o peor: de que nadie note tu desaparición.

De todos los que te siguen, ¿cuántos son realmente tus amigos? ¿Cuántos son apenas presencia decorativa? ¿Cuántos son vínculos reales que formaste?

Como dije antes, pensé demasiado.
Ahí te dejo estas ideas sueltas. Tal vez encuentres algún sentido en ellas. Y voy a poner la ropa lavada en el tendedero.

Chau.

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