Cotidiano & memória
Después de seis días de encierro voluntario – acompañados de vino, bacalao, T. Adorno, Freud y Netflix – amanecí pensando.
Perdón.
Cuando pienso demasiado, el motorcito de la cabeza se recalienta, el carburador sucio chisporrotea, la faja dentada se rompe y no se rompe, y sale humo de la mollera. Casi se me funde el motor cerebral. Y la culpa, necesariamente, fue de Theodor que, junto con Sigi, desordenaron mis ideas tan bien guardadas en cajones con etiquetas prolijas.
Como diría mi abuela, si viviera: ¡la gran pucha!
¿Y no es que desperté con una visión macro de nuestra sociedad de consumo? Un gran molino haciendo harina con mi, tu, nuestra pobre existencia de trabajadores – con empleo o sin él.
Tranquilos, me explico, antes de que piensen que se me quemaron todos los fusibles.
Sigi siempre dijo que el hombre, la mujer, el niño, la niña, el gay, la lesbiana, la persona trans, bi, cis, “tras” y lo que venga tienen como objetivo en la vida ser felices.
Nada raro.
Y viene Adorno y dice que todos vivimos metidos en una sociedad que construimos y que, al mismo tiempo, nos construye. Todo el tiempo.
Y más: que la supervivencia de esa sociedad depende de ideologías creadas justamente para eso.
¿Todo bien?
Todo bien, una desgracia.
Creamos ideas que nos encierran y las repetimos como verdades universales. Y en medio de eso, nos saboteamos como sujetos, boicoteamos nuestra felicidad y terminamos normalizando el sufrimiento. Tanto, que hasta existe un término – sofrência – para nombrar un género musical y a sus cantantes.
En mi adolescencia lo llamábamos “música de despecho”, por razones obvias. Sufríamos a lo grande. Y lo veíamos como algo natural.
Y luego, lo básico de la vida empieza a privatizarse y lo celebramos.
¿Comida envasada? Buenísimo, soluciona la mitad de los problemas del día.
¿Agua embotellada? Bueno, ¿qué tiene de malo? ¿Es limpia? (¿seguro?), ¿sé de dónde viene? (¿seguro?). Todo se vuelve muy normal.
¿Pero para qué necesitamos tantas facilidades?
Pues para tener tiempo de trabajar, recibir un dinero virtual por ese trabajo (que apenas alcanza para lo esencial) y, en los ratos libres, jugar a ser felices – consumiendo.
Yo pienso, para mis adentros, que esta forma de vida es un prototipo de esclavitud.
Voluntaria y naturalizada.
¿Exagero?
Mira el panorama completo, la sociedad humana en su conjunto, y observa dónde estás.
Yo ya descubrí mi lugar: esclava medio liberada por la máquina del consumo.
¿Natural? ¡Para nada!, como decía el chamaco que solía conversar conmigo.
Y antes de que se me olvide: esto no tiene nada que ver con política partidista. Es un poco más allá (o más acá), depende del ángulo.
Así es. “¡Solo te digo una cosa: no te digo nada!”
Sabias palabras de Renato, chamaco de la Barra, allá por los noventa.

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