Cotidiano & memória

Uno se despierta, mira por la ventana, y ahí está: el mundo.

Entero, remendado, temblando, rechinando los dientes.

Y nosotros, como quien barre el patio antes de la lluvia, fingimos que podemos con todo.

De un lado, Gaza se vuelve polvo. Niño sin padre. Padre sin hijo. Gente sin casa, sin suelo, sin historia — o mejor dicho, con demasiada historia. Historia que ya no cabe ni en los libros, solo en el polvo. En la lágrima. En el silencio de los que quedaron.

Del otro lado, Irán. Hierro, fuego y humo. Misiles de aquí, drones de allá.

En medio del tiroteo diplomático, un señor con cara de naranja podrida, desde Estados Unidos, abandonó el G7 como quien se sale de una pelea entre vecinos, gritando: “¡Ríndanse!” — como si la guerra fuera un juego de mesa, y los muertos volvieran a la caja al final.

Y el mundo gira.

Gira como trompo descontrolado.

Y los que están abajo… siguen abajo.

La ONU, más o menos como la tía del edificio, intentó marcar una reunión de paz, pero la cancelaron. ¿Motivo? Demasiadas bombas en el camino.

Gaza sigue siendo ese primo pobre de la humanidad — solo recordado cuando grita, cuando sangra sobre la mesa del comedor. Poco a poco va desapareciendo en la esquina del mundo, dejando la plaza a los matones de turno.

Así es.

Mientras tanto, en tu casa, en la mía, en el bar de la esquina o en el grupo de la familia… la vida sigue. Hay quien discute si la piña va en la pizza, si los jeans se pueden lavar en la lavadora, o si el ex de Anitta es tema relevante.

Hay quien cambia de canal porque “esas imágenes me hacen mal”.

Y está claro que hacen. Porque enfrentar la tragedia cansa, duele, da acidez, hace nudo en la garganta. Pero lo peor… es acostumbrarse. Acostumbrarse a la muerte que no es nuestra. A la bomba que no cae aquí. Al grito que no llega a nuestra cuadra. Y así seguimos.

Mientras Teherán se convierte en blanco, mientras Gaza se convierte en escombros, mientras el petróleo sube, el mercado cae y los de siempre lucran con la sangre ajena…

Aquí, de este lado del mundo, hay gente friendo huevos, esperando el autobús, publicando videos de baile, jurando que todo está normal.

Tal vez eso sea lo que nos salva. O lo que nos condena. No lo sé.

Solo sé que, si el mundo se acaba hoy, hay ropa tendida en el patio.

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